| |
Querido amigo:
Yo no fui, de joven..., ni mejor ni peor que la mayoría... No me
dedicaba a abusar de la gente, pero tampoco estaba dispuesto a que
abusasen de mí...
Si acaso..., era más inquieto que la media...
Ya desde los años del colegio no me conformaba fácilmente: quería
saber qué había detrás..., que sentido tenía todo esto... Y
durante treinta años anduve de acá para allá preguntando, mirando,
comparando, sintiendo...
En ese tiempo supe lo que era ambicionar una posición..., llegar a
tener un porvenir asegurado..., probé los frutos de la sensualidad
y, desde luego, no he pasado a la historia de la Iglesia como un
santo ñoño...
Conocí lo que significa amar y ser amado por una mujer..., el
orgullo de ser padre..., experimenté asombrado lo profunda que
puede llegar a ser la amistad...
Con el corazón en la boca, yo pedía cada día más: más
felicidad..., más placer..., más verdad..., más..., ¡más!...
Luego llega una edad en la vida en la que te dicen: “Pues ya no
hay más... Y si quieres ser maduro, acostúmbrate a contentarte...,
a conformarte con lo que hay, a ser realista”...
La sociedad común está llena de gente “madura”, que saben
conformarse con lo que tienen, incluido ese poquito de rebeldía
que los tiempos y el buen gusto permiten...
Yo..., decidí no conformarme... Pedí más...
Y..., en medio de una crisis general, donde no veía como salir
adelante, descubrí de una vez por todas que mi corazón había sido
hecho para recibir al Amor que hizo el amor..., y que estaría
inquieto hasta descansar en Él...
Mi mujer..., mi hijo..., mis libros..., mis amigos..., todo estaba
allí..., y yo lo amaba..., pero todo se quedaba manco sin Dios y
sólo con Dios tenía sentido todo: la vida y la muerte, y el amor y
la amistad y la verdad y el perdón de los enemigos y la honradez y
la pobreza...
Esa fue mi experiencia...
No es poesía..., ni ganas de cubrir el expediente... Mentiría si
lo contara de otro modo...
En mis libros, especialmente en las “Confesiones”, tienes escrito
de mi puño y letra mi itinerario, qué fue lo que me pasó...
Claro que no voy a pedirte que tú..., que eres diferente de mí...,
lo repitas...
Puede ser..., (puede ser...), que tú seas de los que no le piden
más a la vida... Entonces, todo esto te parecerá un rollo...
Pero también puede ser que lo mío te suene familiar..., que
también tú andes buscando aquí y allá, y te sientas hoy lleno de
amor y mañana de vacío...
A ti te escribo esta carta, para animarte a la inquietud..., a que
sigas buscando..., para que no te rindas todavía..., aunque todo
te invite a rendirte..., para que seas en todos los momentos de tu
vida honrado contigo mismo...
Y si no encuentras a Dios, no importa: Él te encontrará a ti...
Yo sé que no es fácil, tal como están las cosas, hablar de Dios...
Para muchos, por desgracia, Dios no es hoy una elección personal
sino una costumbre...
Pero Dios es tu profundidad... No lo huyas sin más ni más...,
porque estás huyendo de tu centro...
Y si quieres estar seguro de no estar hablando contigo mismo, de
no estar haciéndote un dios a tu imagen y semejanza..., ahí está
el Dios presentado por el Jesús del Evangelio, hombre como
nosotros, con palabras como las nuestras, con un mensaje social
exigente, con una ética que no son pamplinas, Dios y hombre con
los amigos...
Probablemente luego querrás comunicar tu experiencia con otros...
Y vendrá la Iglesia, dura realidad donde..., a veces..., apenas se
reconoce el Evangelio...
Pero..., ¿acaso se ha de dejar la casa grande porque haya algunos
cacharros rotos?
En fin..., siempre es delicado aconsejar... Tú vives cuando el
Cristianismo lleva ya dos mil años..., ha hecho mucho camino...,
ha habido muchos otros testigos...
De mí, solamente puedo decirte, de despedida..., que me hizo
dichoso quien me hizo...
Suerte amigo...
El que te escucha no está fuera de ti... No somos gran cosa cada
uno de nosotros, pero...,
aunque alguien opine lo contrario, fuimos creados para ser
felices...
Te deseo, pues..., que haya felicidad en la obra que se representa
en el teatro de tu pecho..., pequeño teatro..., pero Dios te
mira...
Canta y anda...
Agustín,
el del corazón inquieto...
|