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Me pides que te hable de mi vida...
Tal vez..., a pesar del
tiempo..., sea en muchos aspectos similar a la tuya...
Bueno..., pues..., allá vamos...
Mira..., nací el 13 de noviembre del año 354 en Tagaste..., un precioso
pueblo de la provincia romana de Numidia...
¿No lo sabías? Pues..., si..., soy africano...
Económicamente era una de las regiones más ricas del imperio
romano y culturalmente podíamos presumir tanto como Roma...
En el aspecto religioso la mayoría de las personas eran
cristianos..., aunque muy divididos..., y también existía un buen
número de nostálgicos adoradores de los dioses antiguos..., entre
ellos mi padre...
De mi familia..., ¿qué te puedo contar?...
Mi padre se llamaba Patricio y mi madre Mónica...
Su matrimonio no marchó muy bien... Eran muy diferentes en casi
todo..., en carácter..., edad..., formación..., religión... Los
casaron por conveniencias familiares (entonces era frecuente)
y..., especialmente a mi madre..., la tocó sufrir mucho...
No se divorciaron porque ella..., cristiana auténtica..., no lo
habría admitido... Prefirió callar..., tolerar..., y..., rezar...
Y el caso es que dio buenos
resultados... Con su tenacidad y constancia mi padre llegó a
cambiar...
Fuimos tres hermanos. Yo..., el mayor..., algo más inquieto y
juguetón que la mayoría...
Entonces no había costumbre de bautizar a los pequeños... Lo único
que hacían era darte la señal de la cruz como promesa de que un
día serías cristiano... aunque..., estuvieron a punto de
bautizarme..., porque tuve una enfermedad bastante grave... Casi me
muero... Pero el susto pasó y dejaron las cosas como estaban...
Dios ya cuidaba de mi sin yo saberlo...
De la escuela..., prefiero no
hablar... Entonces se aplicaba el método de "la letra con
sangre entra"...
Si fuera por los golpes que recibí..., debería de haber salido un
sabio...
Rezaba a Dios para librarme de los maestros..., pero..., no hubo
manera...
Mis padres estaban empeñados en que estudiara a toda costa... Ya
sabes..., mi padre..., que era funcionario del ayuntamiento...,
quería que sus hijos fueran más que él y sobre todo yo..., que
parece ser que prometía mucho...
Esta fue la razón por la que, una vez que aprendí todo lo que
enseñaban en la escuela, mis padres me enviaran a continuar los
estudios a Madaura..., una ciudad a 30 kilómetros al sur de mi
pueblo..., más grande..., culta e importante que Tagaste... Allí pasé mi adolescencia...
De los estudios de gramática no me
puedo quejar... Mis profesores decían que tendría un brillante
porvenir...
Pero lo que más me entusiasmaba era la amistad... Hacer amigos...
"Amar y ser amado"..., fue mi lema..., y lo viví
apasionadamente... Lejos del control de mi familia..., a mi aire..., sin
limitaciones..., sin freno... Las enseñanzas cristianas que mi
madre me había inculcado estaban olvidadas o rechazadas...
¿Por qué seguir unas normas que parecían poner límite a mi
libertad y a mis instintos?
Cuando terminé los estudios regresé a Tagaste... Llevaba unas
buenas notas..., un puñado de amigos..., y un montón de
defectos personales... Estos crecieron en el año siguiente..., en
el que no tuve nada que hacer...
Mi padre no pudo reunir dinero suficiente para que yo fuera a
Cartago a continuar los estudios..., y perdí el tiempo
soberanamente...
El teatro era lo único que me llenaba y me hacía "feliz"...
Dios entonces me decía poco... Era más una idea que una realidad
viva para mi...
Por fin un amigo de la familia..., Romaniano, me pagó los estudios
en Cartago... Eran estudios superiores..., universitarios...,
diríais ahora... Así que me fui a Cartago...
¡Cartago!...
Después de Roma..., la ciudad más bonita..., culta..., e
interesante..., de mi tiempo... Todo allí me decía: ¡vive!...,
¡disfruta!..., ¡pásalo bien!... Y..., eso fue lo que hice...
Casi me da vergüenza decirte que llegué a ser para mis amigos y
compañeros todo un líder..., elegante y de mundo...
Por entonces entré a formar parte de un grupo que se llamaba "Los
demoledores"... ¡Toma ya!
Nos lo pasábamos bien..., riéndonos de todo..., y..., de todos...
Juergas..., líos..., gritos, ..., todos los días..., pero..., ya
sabes..., en el fondo..., no estaba satisfecho..., y al cabo de un
tiempo lo dejé...
Yo prefería soñar..., leer..., hacer versos..., ir al teatro...,
pero sobre todo amar..., y en el amor poseer y gozar de la otra
persona... Aunque luego..., dado mi carácter..., los celos..., las
sospechas..., los disgustos..., no me dejaban vivir tranquilo...
Al año de estar en Cartago murió mi padre... El ejemplo de mi
madre..., consiguió que..., poco antes..., se bautizara...
A su modo..., fue un buen padre... Aunque no estuviéramos muy
compenetrados, reconozco que se sacrificó mucho por mis hermanos y
principalmente por mi..., para que no nos faltara nada...
Lo que yo estudiaba en Cartago era "retórica"..., que consistía en
aprender a hablar y expresarse bien..., con elegancia..., y
distinción... Con estos estudios podría ser un buen abogado...,
máxime cuando era el primero de mi promoción...
Mis 19 años los tengo muy grabados...
El curso 372-373 fue muy importante para mí..., en todos los
sentidos...
Leí un libro que..., hoy..., desgraciadamente..., se ha
perdido..., titulado "El hortensio"..., de Cicerón..., que era un
filósofo... Este libro me abrió los ojos..., me ayudó a madurar...
Hablaba de ser "sabio y feliz"... De cómo saber vivir la vida... y
dio a la mía un nuevo sentido...
También me aficionó a leer y a buscar la "sabiduría" y con ella la
verdad y la felicidad...
Buscando la "verdad"... leí la Biblia..., pero...,
"se me cayó de las
manos"... ¡Me pareció que tenía un lenguaje tan pobre!... Era un
libro para "beatos"..., pensé..., así que no le hice ningún caso y
continué viviendo a mi estilo y al margen de Dios...
En mi búsqueda de la "verdad" me encontré en Cartago con una
especie de secta conocida con el nombre de los "maniqueos"... Ellos
hablaban de la "verdad"..., y enseñaban cómo
conseguirla... Como a un tonto..., me cazaron y me metí en ella...
En pocas palabras..., y para no cansarte mucho..., te diré que sus
ideas filosófico-religiosas venían a sostener que en el mundo y en
cada persona existen dos principios en lucha: el del bien (la luz,
el espíritu) y el del mal (la tiniebla, lo material)...
Se trataba de hacer que prevaleciera el bien..., y para eso era
necesario luchar contra todo lo material..., incluido el
cuerpo..., hasta aniquilarlo... La doctrina era una mezcla de
ideas cristianas..., zoroástricas y de otras religiones... Eran
unos engañabobos... incluido su jefe..., un tal Fausto.
Tardé mucho -nueve años- en darme cuenta de ello..., y les hice el
juego... Es más..., a algunos de mis amigos logré convencerlos y
entraron en la secta...
Ni te cuento lo que sufrió mi madre cuando se enteró... Creo que
preferiría verme muerto a maniqueo...
Con oraciones y lágrimas pedía a Dios que me convirtiera y
bautizara..., aunque yo me sentía tan seguro de lo que creía que
ni la hice caso... ¡Cosas de mi madre!..., pensaba...
Ese mismo año..., con una joven de mi edad con la que
convivía..., y a la que guardaba fidelidad..., tuve un hijo... Le
llamé Adeodato ("dado por Dios")... A ambos los quise mucho..., mucho...
Al año siguiente..., terminada mi carrera..., volví a Tagaste y me
propuse enseñar lo que había aprendido..., convirtiéndome en
"un vendedor de palabras bonitas" -como yo llamo a los
retóricos- pero faltas de verdad...
Te parecerá mentira..., pero en estos años, siendo todo un
profesor..., teniéndome a mi mismo por sabio y astuto..., comencé
a creer en la astrología y demás artes adivinatorias orientando
según ellas mi vida...
Ni un médico muy inteligente y famoso con el que yo hablaba con
frecuencia..., ni mi amigo Nebridio..., que se reía de mis
supersticiones..., pudieron con mi credulidad...
En el fondo era como un niño..., terco e ingenuo a la vez...
Un año estuve enseñando en Tagaste... Y experimenté el tremendo
dolor de la muerte de mi mejor amigo... Nada era ya igual para
mi... Fue muy duro... Creo que con ello Dios me enseñó..., sin yo
saberlo..., que "solo el que sabe querer a sus amigos en
Dios..., es quien no los pierde..., porque Él es el que nunca
perdemos"...
Este acontecimiento..., junto con el deseo de obtener una cátedra
mejor..., me impulsaron a huir a Cartago para olvidar..., y buscar
una tranquilidad interior...
En Cartago las clases..., frecuentemente interrumpidas por el
gamberrismo de los estudiantes..., las lecturas de Aristóteles y
de otros pensadores..., y los amigos..., llenaron todo mi
tiempo...
También escribí unos libros sobre estética titulados "Lo
hermoso y lo apto"..., que creo se han perdido..., en donde
exponía mis ideas sobre la belleza...
En el año 383 influido por mis amigos y en total oposición a mi
madre..., decidí dejar Cartago e ir a la capital del imperio..., a
Roma...
Allí me habían asegurado que tendría porvenir..., ganaría más
dinero y..., sobre todo..., me libraba de aquellos insoportables alumnos
que con su indisciplina..., gritos y burlas..., no me dejaban dar bien
las clases...
Al poco de llegar a Roma cogí unas fiebres que estuvieron a punto
de llevarme a la tumba... Lo pasé muy mal y la recuperación fue
lenta... De nuevo el Dios..., del que yo "pasaba"..., me cuidaba
como a un hijo...
En esta ciudad continué dentro de la secta maniquea... Ellos me
ayudaron mucho en estos primeros momentos difíciles..., pero...,
poco a poco..., comencé a distanciarme de ellos y de sus doctrinas
que ya no me convencían como antes...
Para poder vivir reanudé las clases de retórica en mi casa... Los
estudiantes no eran como los de Cartago... pero..., no pagaban los
estudios..., así que me presenté a unas oposiciones que había en
Milán para obtener la cátedra de retórica y un puesto en la corte
del imperio como orador oficial... Las gané..., y me dieron el
puesto...
En Milán, además de mi trabajo de retórico y orador que yo quería
solo para ganar fama y dinero..., dediqué mucho tiempo a
desentrañar donde estaba la verdad con Alipio y Nebridio..., entre
otros muchos amigos...
La doctrina maniquea ya no me convencía..., pero tampoco del todo
la católica... Era un mar de dudas y aunque intenté olvidar el
tema, mi manera de ser..., apasionada..., no me dejaba
tranquilo...
El obispo de Milán, Ambrosio, me ayudó mucho..., pero era yo quien
tenía que elegir..., y un día tras otro aplazaba la decisión para el
día siguiente... "¡Mañana..., mañana..., mañana!"..., me
decía..., pero nunca llegaba ese "mañana"...
Por este tiempo proyecté..., con un grupo de amigos..., una
experiencia de vida en común..., pero..., cuando ya lo teníamos casi todo
planeado..., no pudimos realizarla..., por nuestras mujeres...
También decidí..., influenciado por mi madre que vivía conmigo..., y
con mi hijo..., formalizar mis relaciones sentimentales
casándome... Pero la mujer que..., más o menos..., había elegido y
dado promesa de matrimonio era muy joven y no podía todavía
casarse legalmente... Por otra parte..., tampoco yo estaba en ese
momento muy interesado en desposarme...
En esta encrucijada de mi vida y sufriendo lo que no te puedo ni
contar..., también Dios vino en mi ayuda...
La lectura de unos libros de filósofos neoplatónicos me condujeron
a descubrir desde mi interior la verdad... Así fui quitando las
dudas y problemas intelectuales que anteriormente me habían
atormentado...
Los escritos de San Pablo completaron esta obra y así comencé a
ver todo de forma cada vez más clara... Por fin había descubierto
donde estaba la Verdad y el Bien: en Cristo... Pero me
faltaba lo más difícil e importante..., dar el paso...
Estaba muy apegado a los vicios que había ido adquiriendo:
sexo..., vanidad..., orgullo... bueno..., ya sabes..., y me
costaba mucho dejarlos...
Por este tiempo..., un tal Simpliciano..., hombre culto..., - a
pesar de su nombre-, y amigo mío..., me habló de Mario
Victorino...
Este era un filósofo muy admirado que se había convertido al
cristianismo hacía poco... Su ejemplo me conmovió... También me
hablaron de Antonio..., fundador de los monjes de Egipto..., y de
otros que como él lo habían dejado todo...
Estos ejemplos me causaron una impresión muy fuerte y casi
decisiva...
Me preguntaba: "¿Por qué ellos y no yo?"...
Me resistía, no obstante, a dar el paso final y hacerme
cristiano..., aunque lo quería...
Finalmente..., un día de agosto del año 386..., Dios..., viendo mi
indecisión..., me dio el empujón que me faltaba...
Estando en el jardín de la casa donde vivía..., en este estado de
desasosiego interior de querer y no poder y llorando por ser
incapaz de dar el salto definitivo..., escuché a unos niños que
cantaban: "¡Toma y lee, toma y lee!"...
Interpreté estas palabras como que Dios me las decía..., cogí la
carta de San Pablo a los romanos que allí tenía y leí:
"Nada de banquetes ni borracheras, nada de prostitución o de
vicios, o de pleitos, o de envidias. Más bien revestíos de Cristo
Jesús el Señor" (13,13).
Estas palabras..., como si fueran un rayo..., penetraron en mi y
disiparon todas mi dudas y vacilaciones... Desde ese momento
decidí firmemente ser cristiano con todas las consecuencias..., y
dejar todo lo que antes había buscado con tanto afán...
¡Cristo sería mi única Luz, mi única Verdad, mi único Amor!
Estaba todavía dando clases en Milán..., así que esperé a que
llegaran las vacaciones de la vendimia para dejar definitivamente
la docencia y la cátedra de retórica... Me retiré a un lugar
tranquilo..., cerca de Milán..., llamado Casiciaco... Allí un
amigo nos dejó a mi familia y a mis amigos su casa y su finca para
que pasáramos el tiempo que quisiéramos mientras se la
cuidábamos...
Durante seis meses permanecí en este lugar descansando...,
pensando..., orando y charlando en amistad con los míos... !Que
tiempo tan feliz pasé allí¡.
Por entonces escribí "Los diálogos"..., recogiendo las reflexiones
y conversaciones que teníamos sobre diversos temas de la vida...
A la vez..., durante estos meses..., me fui preparando como
catecúmeno para recibir el bautismo... Y..., por fin..., la noche
de Pascua del día 24-25 de abril del año 387..., cuando tenía 33
años..., recibí las aguas del bautismo en la iglesia de Milán...
Conmigo se bautizó mi hijo Adeodato y Alipio, mi amigo. El obispo
Ambrosio fue quien nos administró el sacramento... Fue un día
grande...
Mi madre..., Mónica..., no cabía en sí de gozo... Sus lágrimas y
oraciones habían dado resultado.
Pronto dejamos Milán camino de Roma... Había decidido con mi hijo
y mis amigos servir sólo a Dios en mi tierra de Africa...
Preparando el viaje de regreso..., en Ostia Tiberina..., el puerto
de Roma..., murió mi madre...
Tras su muerte una tristeza inmensa y un gran vacío me invadió...
Luego lloré... Sólo me consolaba el saberla en Dios..., a quien
siempre estuvo tan unida...
Después de este acontecimiento, retrasé el viaje a Africa...
Durante un año estuve en Roma... Allí me dediqué a conocer los
monasterios de religiosos que existían... Me impresionó su forma
de vida y quería imitarla en mi tierra natal...
A finales del verano del 388 me embarqué, definitivamente, con mi
hijo y mis amigos, rumbo a Cartago y desde aquí a Tagaste.
Hacía tiempo que notaba que Dios quería de mi algo más que ser un
buen cristiano...
Vendí la herencia de mis padres... Una parte se la di a los pobres
y con la otra me establecí con mis amigos en las afueras del
pueblo...
Allí vivíamos poniendo todo en común..., según el estilo de vida
de los Apóstoles...
La sencillez de vida..., la castidad..., la oración..., el
estudio..., el diálogo amistoso..., la vida familiar..., fueron
algunos de los principios básicos que nos propusimos vivir para
alcanzar a Dios juntos..., en amistad...
Pasé en este primer monasterio unos años muy felices..., aunque no
exento de problemas y sinsabores... Uno de ellos fue la muerte...,
al año siguiente de mi llegada a Tagaste..., de mi hijo Adeodato...
Tenía solo 17 años... Le quise como a hijo y como amigo... Tenía
una inteligencia prodigiosa y un carácter afable...
A cambio de él..., el Señor me dio muchos otros amigos..., de mi
pueblo y de otros lugares cercanos..., que comenzaron a vivir
conmigo y con los demás..., el ideal de vida que nos habíamos
propuesto...
Lo que más me preocupaba en ese momento era el que me hicieran
sacerdote... Era ya demasiado conocido y admirado..., y no me
sentía digno ni preparado para ese ministerio... Por eso...,
cuando tenía que ir a una ciudad..., andaba con cuidado para que
no me reconociera la gente..., y me eligiera... En esta época era
todo el pueblo el que elegía a los sacerdotes y obispos...
Un día..., que por obligación fui a Hipona..., ciudad portuaria al
noroeste de Tagaste..., durante la misa del domingo..., el obispo
Valerio me vio y pidió al pueblo que me eligiera por ayudante
suyo...
El pueblo gritó mi nombre: "Agustín, Agustín... Queremos a
Agustín"..., y aunque me resistí llorando..., no me quedó mas
remedio que aceptar... Era..., comprendí..., la voluntad de
Dios...
Después de un tiempo de preparación y de dejar bien organizado al
grupo de amigos de Tagaste para que mi ausencia no se notara...,
fui ordenado sacerdote el año 391.
En Hipona formé una nueva comunidad de amigos con el mismo estilo
del monasterio de Tagaste..
Vivíamos en una casa y un pequeño huerto que el obispo nos dejó...
A pesar de que tenía menos tiempo para vivir con ellos..., fueron
para mí de una gran ayuda...
Mi nueva función pastoral de sacerdote consistía básicamente en
estar con la gente y ayudarla en sus variados problemas...,
predicar..., enseñar y administrar los sacramentos...
En este tiempo también escribí algunos libros sobre diversos
aspectos de la Biblia y de la doctrina cristiana que algunos me
pidieron...
Me convertí..., a mi pesar..., en sustituto del obispo..., por eso
este decidió -cinco años después- hacerme obispo auxiliar de
Hipona... Tenía entonces 42 años...
Al año siguiente..., a la muerte del obispo Valerio..., pasé a ser
obispo titular de Hipona y mi actividad pastoral se acrecentó...
Ser obispo significaba ser padre de todos..., cuidar de todos en
lo material y en lo espiritual... Quien tenía alguna queja...,
pleito o necesidad..., acudía a mi a que se lo solucionara...
En Africa la herejía y el cisma eran ya viejos en estos años y los
católicos no siempre sabían dar razones convincentes de su fe...,
por eso muchos cristianos..., sacerdotes y obispos..., me pedían
una respuesta clara y definitiva para estos problemas... "Como
tu de esto entiendes más que nosotros, me decían...,
escribe"... Así nacieron muchos de mis libros..., que pronto
adquirieron una gran difusión...
Iban dirigidos, principalmente, contra las doctrinas maniqueas,
arrianas, donatistas y pelagianas, que eran las enseñanzas que
entonces causaban más daño a los creyentes...
Estos escritos suscitaron muchas y muy agrias polémicas con los
jefes de estas iglesias..., por lo que fui "retado" a explicar mis
ideas en numerosas debates..., encuentros y concilios por toda
Africa....
Poco a poco, aunque con dificultades..., riesgos y amenazas -más
de una vez estuve a punto de que me quitaran la vida en algún
atentado- la verdad se fue imponiendo..., y todo el norte de
Africa comenzó a gozar de más paz y unidad de la que había tenido
nunca... La caridad universal y la unidad de la Iglesia fueron mi
obsesión y la de mis amigos...
En la predicación ordinaria en la iglesia de Hipona también
exponía al pueblo sencillo la doctrina católica... Pero muchos...,
que deseaban conocer mi pensamiento y doctrina sobre los mas
variados puntos del dogma o de la Biblia..., y no podían
asistir..., solicitaban mis sermones por escrito... Y..., no se
contentaron con esto..., también querían tener una palabra
definitiva sobre asuntos filosóficos..., educacionales...,
dogmáticos..., bíblicos..., de vida religiosa..., de
catequesis..., y otra serie de cuestiones... Y así fueron naciendo
la mayor parte de mis libros...
Pronto también..., las personas más diversas del mundo romano...,
empezaron a escribirme... Cientos de cartas me llegaron
solicitándome una aclaración..., una respuesta..., la solución a
su problema... A todos los que pude contesté...
Tenía poco tiempo para mí...
Añoraba los días que pasé con mis amigos en Casiciaco y Tagaste...
¡Qué tiempos aquellos!...
La gente ahora..., acudía a mi con los más variados problemas y
necesidades para que se los solucionara... Sólo las noches las
tenía libres para dedicarlas a pensar..., meditar y orar a
Dios..., mi único bien...
El año 410 fue un año terrible para el mundo romano. Los godos
invadieron Roma... Algunos pensaron que era el fin del mundo...
Pronto los enemigos de la fe cristiana culparon a esta de ser la
causante del desastre... Me vi obligado a defender la fe de esta
acusación falsa e injusta... Así surgió el libro que titulé
"La ciudad de Dios"...
Este..., junto con "Las confesiones"..., que escribí
como acción de gracias a Dios por todo lo que me dio..., y el
libro de "La Trinidad"..., son los que más fama han tenido de las
93 obras mías que actualmente se conservan...
Bueno..., amigo..., ya voy terminando...
Mis últimos días en la tierra fueron tristes pero esperanzados...
Los vándalos de Genserico habían invadido todo el norte de África
matando..., robando..., destruyendo y desolándolo todo...
También llegaron a mi querida ciudad de Hipona..., que fue sitiada
en toda regla...
Yo no vi su caída..., pero intuí..., que un mundo viejo
acababa..., a la vez que clareaba ya en el horizonte un nuevo
amanecer...
Al tercer mes del asedio..., el día 28 de agosto del año 430...,
hasta el final al lado de mi pueblo..., Dios llamó mi corazón para
descansar en Él...
¿Te había dicho que sólo Él puede llenar nuestro inquieto
corazón?...
En Él pido al Señor por ti..., y te espero...
Un fuerte abrazo.
Agustín,
el del corazón inquieto...
P.D. Ama y haz lo que quieras...
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