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LA VICA
(Espasande)
MODESTO
FOLE GÓMEZ
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Este lugar de Espasande
en el que me encuentro, que pienso que a todos os gustaría
conocer, es un paraje que ocupan alrededor de treinta y cinco
casas, habitadas por unas ciento diez personas y alguna más en
vacaciones, que podéis visitar en una mañana o una tarde, pues
la zona en que están asentadas, unas en la parte algo más alta
y otras en la baja, no es muy extensa. Ahora bien, si
quisierais disfrutar más de este paisaje en su plenitud, ya
deberíais disponeros a emplear algunos días más de
permanencia, en los que seréis bien acogidos por sus
moradores.
Entre esas dos zonas de la aldea, en el camino que las une,
estoy establecida desde hace muchos años, tantos que he
olvidado la fecha de mi nacimiento, y me gustaría aseguraros
que aún he de vivir mucho tiempo.
Pero no voy a hablaros sólo de mí, sino también de las
vivencias en que he participado en mi longeva vida:
La Casa de Neira es la que tengo más cerca de mi aposento. La
que, como yo, igualmente está entre las dos zonas de la aldea,
siendo de la que sus moradores más veces han acudido a
visitarme.
José, hasta el momento, fue el último abuelo de esa
casa. Cuando joven sintió los impulsos de formar una familia,
eligió a Manuela, de la Casa de Ribón, una de esas casas de la
parte baja, trayendo a este mundo trece hijos, con los que por
la alegría que proporcionaban al entorno, me hicieron sentirme
más a gusto, acompañada y útil si cabe.
Manuela y yo nos hicimos enseguida más amigas, pues, aunque ya
nos conocíamos por residir en el mismo contorno, al estar más
cerca en su nuevo hogar, sus visitas eran cotidianas, de
mañana, tarde y noche, ya que el cuidado de la hacienda
familiar y la venida sucesiva de la familia numerosa, no la
permitían parar un momento y casi sus únicos descansos eran
cuando estaba conmigo.
También de las otras casas, unas de la parte alta, (como las
de Varela, Maruxo, Habanero, Castro, Roldán, Ribeiro, por
mencionar sólo las más próximas de los alrededores de la
antigua Iglesia románica labrada en piedra, en que se sigue
celebrando misa en domingos y festivos) y otras de la parte
baja, (como las de Millares, Andrés, Guirilo, Ponte, Cuturro,
Veiga, por citar algunas) venían a visitarme con asiduidad, y
así podría decir de las demás por no relacionar
exhaustivamente a todas, aunque a alguna ya les quedaba algo
más distante.
Puedo presumir de mi atractivo, pues no recuerdo que haya
pasado nadie más de una vez por este camino junto a mi
aposento, y no se haya parado a dialogar conmigo, y, a la vez
que se proporcionan un descanso en este lugar umbrío, yo
siempre les gratifico, y no sólo a los caminantes, incluso a
los que en tiempos remotos pasaban en sus cabalgaduras o con
los ganados o carros y aún hoy a los actuales ya motorizados.
Es este paraje un lugar sugestivo, de amplios horizontes
ondulados en el valle al sur sobre el río, verde intenso,
humedad moderada, algo abrupto en su terreno pero que permite
la agricultura de labor familiar, pastos para el ganado vacuno
y sustento para los demás animales domésticos de las casas,
además de diversos árboles frutales resistentes.
Robles, castaños, pinos, la floración de colores y olores
naturales de bosque bajo, con helechos, xestas, toxos, aromas
de monte intenso, arroyos y pequeños ríos de aguas frías y
transparentes, quedando aún truchas que hacen las delicias del
paladar, algún animal todavía salvaje y las cantoras aves que
nos circundan, me tienen ensimismada en mi vivencia.
La niebla, que a veces nos visita, espesa pero de suave
textura, y que en esos días obscuros se desliza sobre valle,
me hace sentir esa fragancia purificadora que se mantiene en
el ambiente, cubriendo al irse la superficie con esa fina
escarcha que te enternece por su blancura.
Según me cuentan los mayores de aquí, fue en tiempos muy
remotos cuando la naturaleza me alumbró a la vida, surgiendo
desde sus entrañas como fruto del afán recolector de los
terrenos que me surten, por las vertientes más altas sobre mi
emplazamiento desde el Monte Forno da Vella como lugar que
sobresale del contorno, y que, por ser de suaves ondulaciones,
de bosque poblado y lluvia suficiente, me mantienen en la vida
desde entonces, diferenciándome de las demás hermanas que al
llegar el rigor veraniego se quedan exhaustas.
No fue mi nacimiento fácil. Tuve que abrirme camino entre la
abundante vegetación de silvas, helechos, zarzas, arbustos,
que parecía pretendían asfixiarme. Pero mi constancia, afán de
vida y utilidad, enseguida hicieron que los habitantes de este
lugar notaran y agradecieran mi presencia, cuidándome en mi
infancia.
Al pasar los años, los residentes me bautizaron con mi nombre,
La Vica, y me ayudaron a establecer mi propia residencia,
labrada en piedra granítica gallega como es lo típico en las
construcciones tradicionales de la comarca y, desde entonces,
en agradecimiento les surto desde el caño largo y abierto por
el que se ve fluir mi vitalidad, de una forma más atrayente,
cómoda, limpia y gratificante.
Todos los componentes de la familia numerosa de los Neira han
sido mis más asiduos compañeros y, aunque al llegarles el
momento de buscar un lugar en la vida unos han tenido que
emigrar, (como Amadeo, Anuncia, Perfetín, Aquilino, Amelia y
el más joven de ellos Segundo) en sus retornos continuos han
venido a saludarme. Y en sus estancias veraniegas por aquí,
les he desperezado en las mañanas con mi frescor en su rostro,
y les he aliviado y prolongado mi recuerdo en sus viajes de
regreso.
Igual pienso en los demás oriundos de estas casas, que con sus
familias han ido volviendo desde lugares remotos, y de los
hijos de estos, y de los nietos de José y Manuela, que por
aquí aprendieron a disfrutar y cuidar la naturaleza en los
meses de verano, como José Carlos, Mary Mar, Javier, y todos
sus hermanos, Lola y Modesto que hacía navegar barquitos en mi
recinto.
Los demás hermanos Neira que se fueron quedando o por las
casas de parajes más próximos, (como Flora, Aurora, Paulina,
Senador, Pepe y en la casa familiar Manolo para seguir la
tradición) me han hecho más compañía, hasta que también les
llegó el día de partida para sus nuevos hogares en otras
aldeas cercanas, y cuando retornaban con sus familias
continuaron viniendo a visitarme.
Como ya os he mencionado, y buscando ser más útil no sólo a
los humanos, a la vez soy efectiva para sus ganados en la
pequeña pila que dispongo a mis pies, y aún más por los dos
canalillos que de mí parten, al revitalizar las praderas de
mis alrededores. En los más extenuantes veranos sigo aportando
mi energía de forma constante acompañada con mi canto, día y
noche sin parar, que se conjuga con la dulce armonía del
entorno y los sonidos surgidos de la naturaleza que me rodea.
Y aunque a veces el viento bate con su furia repentina la
vegetación que me circunda, y parece querer competir conmigo
para acallar mi voz, al cabo del tiempo, exhausto, cesa en su
empeño sin conseguirlo, y se aleja abatido en su retirada.
Con mí remozado aspecto, sigo manteniendo el vivo diálogo con
estas gentes de aquí. Con Carmen la actual ama de la Casa de
Neira, también llegada como su antecesora Manuela de la parte
baja de la aldea, Casa de Sal, y con el actual continuador de
la herencia de los Neira, José Manuel, que junto con otros
jóvenes que acuden a visitarme: como Modesto y Pedro de Ponte,
Saúl, Carmiña y Sergio de Ribeiro, Iria, Aida y Ester de la
Zarra, Carmen y Estrella de Casanova, Álvaro y Marta de
O’Cortiñeiro, y así otros chicos y chicas que perpetúan la
vida en el lugar, no me dejan pensar que pueda quedar en el
olvido.
Y hasta aquí os he contado algunas de mis vivencias. A los que
me conocéis y recordáis nuestros agradables encuentros os
sirva de retorno al pensamiento de nuestros momentos. Para los
que aún no nos conocemos os invito a visitarme en este
sugerente paraje, núcleo rural de Espasande, municipio de
Castroverde, a unos diecisiete kilómetros hacia el Este de
Lugo, de esta suave y tupida vegetación de la orografía
Gallega. Os daré un cariñoso beso y gratificaré con un flujo
de vida abundante, cristalino, fresco y tonificante, que os
aliviará en vuestro viaje…
Vuestra amiga,
La Vica
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El contenido de este relato, puede ser
reproducido por cualquier medio, citando la procedencia de
esta publicación, contando con la autorización del autor; sin
que la reproducción se venda o proporcione beneficio
económico.
El autor:
Modesto Fole Gómez.
Verano de 2001
Publicado en:
VARIOS AUTORES, Cuentos, Madrid, Huerga&Fierro Editores, 2002.
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