José, Manuela e hijos..., y Silvina..., en La Vica... (h. 1927)

LA VICA
(Espasande)

MODESTO FOLE GÓMEZ

 

 


Este lugar de Espasande en el que me encuentro, que pienso que a todos os gustaría conocer, es un paraje que ocupan alrededor de treinta y cinco casas, habitadas por unas ciento diez personas y alguna más en vacaciones, que podéis visitar en una mañana o una tarde, pues la zona en que están asentadas, unas en la parte algo más alta y otras en la baja, no es muy extensa. Ahora bien, si quisierais disfrutar más de este paisaje en su plenitud, ya deberíais disponeros a emplear algunos días más de permanencia, en los que seréis bien acogidos por sus moradores.

Entre esas dos zonas de la aldea, en el camino que las une, estoy establecida desde hace muchos años, tantos que he olvidado la fecha de mi nacimiento, y me gustaría aseguraros que aún he de vivir mucho tiempo.


Pero no voy a hablaros sólo de mí, sino también de las vivencias en que he participado en mi longeva vida:


La Casa de Neira es la que tengo más cerca de mi aposento. La que, como yo, igualmente está entre las dos zonas de la aldea, siendo de la que sus moradores más veces han acudido a visitarme.


José, hasta el momento, fue el último abuelo de esa casa. Cuando joven sintió los impulsos de formar una familia, eligió a Manuela, de la Casa de Ribón, una de esas casas de la parte baja, trayendo a este mundo trece hijos, con los que por la alegría que proporcionaban al entorno, me hicieron sentirme más a gusto, acompañada y útil si cabe.

Manuela y yo nos hicimos enseguida más amigas, pues, aunque ya nos conocíamos por residir en el mismo contorno, al estar más cerca en su nuevo hogar, sus visitas eran cotidianas, de mañana, tarde y noche, ya que el cuidado de la hacienda familiar y la venida sucesiva de la familia numerosa, no la permitían parar un momento y casi sus únicos descansos eran cuando estaba conmigo.


También de las otras casas, unas de la parte alta, (como las de Varela, Maruxo, Habanero, Castro, Roldán, Ribeiro, por mencionar sólo las más próximas de los alrededores de la antigua Iglesia románica labrada en piedra, en que se sigue celebrando misa en domingos y festivos) y otras de la parte baja, (como las de Millares, Andrés, Guirilo, Ponte, Cuturro, Veiga, por citar algunas) venían a visitarme con asiduidad, y así podría decir de las demás por no relacionar exhaustivamente a todas, aunque a alguna ya les quedaba algo más distante.


Puedo presumir de mi atractivo, pues no recuerdo que haya pasado nadie más de una vez por este camino junto a mi aposento, y no se haya parado a dialogar conmigo, y, a la vez que se proporcionan un descanso en este lugar umbrío, yo siempre les gratifico, y no sólo a los caminantes, incluso a los que en tiempos remotos pasaban en sus cabalgaduras o con los ganados o carros y aún hoy a los actuales ya motorizados.


Es este paraje un lugar sugestivo, de amplios horizontes ondulados en el valle al sur sobre el río, verde intenso, humedad moderada, algo abrupto en su terreno pero que permite la agricultura de labor familiar, pastos para el ganado vacuno y sustento para los demás animales domésticos de las casas, además de diversos árboles frutales resistentes.


Robles, castaños, pinos, la floración de colores y olores naturales de bosque bajo, con helechos, xestas, toxos, aromas de monte intenso, arroyos y pequeños ríos de aguas frías y transparentes, quedando aún truchas que hacen las delicias del paladar, algún animal todavía salvaje y las cantoras aves que nos circundan, me tienen ensimismada en mi vivencia.


La niebla, que a veces nos visita, espesa pero de suave textura, y que en esos días obscuros se desliza sobre valle, me hace sentir esa fragancia purificadora que se mantiene en el ambiente, cubriendo al irse la superficie con esa fina escarcha que te enternece por su blancura.


Según me cuentan los mayores de aquí, fue en tiempos muy remotos cuando la naturaleza me alumbró a la vida, surgiendo desde sus entrañas como fruto del afán recolector de los terrenos que me surten, por las vertientes más altas sobre mi emplazamiento desde el Monte Forno da Vella como lugar que sobresale del contorno, y que, por ser de suaves ondulaciones, de bosque poblado y lluvia suficiente, me mantienen en la vida desde entonces, diferenciándome de las demás hermanas que al llegar el rigor veraniego se quedan exhaustas.


No fue mi nacimiento fácil. Tuve que abrirme camino entre la abundante vegetación de silvas, helechos, zarzas, arbustos, que parecía pretendían asfixiarme. Pero mi constancia, afán de vida y utilidad, enseguida hicieron que los habitantes de este lugar notaran y agradecieran mi presencia, cuidándome en mi infancia.


Al pasar los años, los residentes me bautizaron con mi nombre, La Vica, y me ayudaron a establecer mi propia residencia, labrada en piedra granítica gallega como es lo típico en las construcciones tradicionales de la comarca y, desde entonces, en agradecimiento les surto desde el caño largo y abierto por el que se ve fluir mi vitalidad, de una forma más atrayente, cómoda, limpia y gratificante.


Todos los componentes de la familia numerosa de los Neira han sido mis más asiduos compañeros y, aunque al llegarles el momento de buscar un lugar en la vida unos han tenido que emigrar, (como Amadeo, Anuncia, Perfetín, Aquilino, Amelia y el más joven de ellos Segundo) en sus retornos continuos han venido a saludarme. Y en sus estancias veraniegas por aquí, les he desperezado en las mañanas con mi frescor en su rostro, y les he aliviado y prolongado mi recuerdo en sus viajes de regreso.


Igual pienso en los demás oriundos de estas casas, que con sus familias han ido volviendo desde lugares remotos, y de los hijos de estos, y de los nietos de José y Manuela, que por aquí aprendieron a disfrutar y cuidar la naturaleza en los meses de verano, como José Carlos, Mary Mar, Javier, y todos sus hermanos, Lola y Modesto que hacía navegar barquitos en mi recinto.


Los demás hermanos Neira que se fueron quedando o por las casas de parajes más próximos, (como Flora, Aurora, Paulina, Senador, Pepe y en la casa familiar Manolo para seguir la tradición) me han hecho más compañía, hasta que también les llegó el día de partida para sus nuevos hogares en otras aldeas cercanas, y cuando retornaban con sus familias continuaron viniendo a visitarme.


Como ya os he mencionado, y buscando ser más útil no sólo a los humanos, a la vez soy efectiva para sus ganados en la pequeña pila que dispongo a mis pies, y aún más por los dos canalillos que de mí parten, al revitalizar las praderas de mis alrededores. En los más extenuantes veranos sigo aportando mi energía de forma constante acompañada con mi canto, día y noche sin parar, que se conjuga con la dulce armonía del entorno y los sonidos surgidos de la naturaleza que me rodea. Y aunque a veces el viento bate con su furia repentina la vegetación que me circunda, y parece querer competir conmigo para acallar mi voz, al cabo del tiempo, exhausto, cesa en su empeño sin conseguirlo, y se aleja abatido en su retirada.


Con mí remozado aspecto, sigo manteniendo el vivo diálogo con estas gentes de aquí. Con Carmen la actual ama de la Casa de Neira, también llegada como su antecesora Manuela de la parte baja de la aldea, Casa de Sal, y con el actual continuador de la herencia de los Neira, José Manuel, que junto con otros jóvenes que acuden a visitarme: como Modesto y Pedro de Ponte, Saúl, Carmiña y Sergio de Ribeiro, Iria, Aida y Ester de la Zarra, Carmen y Estrella de Casanova, Álvaro y Marta de O’Cortiñeiro, y así otros chicos y chicas que perpetúan la vida en el lugar, no me dejan pensar que pueda quedar en el olvido.


Y hasta aquí os he contado algunas de mis vivencias. A los que me conocéis y recordáis nuestros agradables encuentros os sirva de retorno al pensamiento de nuestros momentos. Para los que aún no nos conocemos os invito a visitarme en este sugerente paraje, núcleo rural de Espasande, municipio de Castroverde, a unos diecisiete kilómetros hacia el Este de Lugo, de esta suave y tupida vegetación de la orografía Gallega. Os daré un cariñoso beso y gratificaré con un flujo de vida abundante, cristalino, fresco y tonificante, que os aliviará en vuestro viaje…


Vuestra amiga,
La Vica

 


 


 

 

 


 
El contenido de este relato, puede ser reproducido por cualquier medio, citando la procedencia de esta publicación, contando con la autorización del autor; sin que la reproducción se venda o proporcione beneficio económico.

El autor:
Modesto Fole Gómez.
Verano de 2001


Publicado en:

VARIOS AUTORES, Cuentos, Madrid, Huerga&Fierro Editores, 2002.


 
 

 


 


 Santiago de Espasande
27125 - Castroverde
LUGO (ESPAÑA)
© Joseph 2007