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PARROQUIA
DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Allá por los años treinta..., la iglesia tenía un portalillo desde
el que se podía acceder a la torre para tocar las campanas...
El templo en su conjunto estaba construido de piedra..., por dentro
barro lucido y dado de blanco con cal viva...
Entrando nos encontrábamos con un suelo de tarima..., a la izquierda la
tribuna..., con el organillo..., que en la Santa Misa siempre tocaba el
sacristán..., debajo estaba la pila bautismal..., y en la urna de al
lado la imagen de Santa Bárbara..., y la de San Isidro Labrador...
En el arco próximo al altar había un púlpito desde donde el sacerdote
daba el sermón.

El altar mayor constaba de un
retablo formando unos castillos preciosos..., todo pintado de color
oro... En el centro una urna donde se veneraba la Inmaculada
Concepción y debajo el sagrario... También estaba la Virgen del
Pilar y el Niño Jesús, a la derecha, al lado de la columna próxima
al altar mayor... El altar era precioso y muy antiguo..., no me atrevo
a decir los años que pudiera tener...
En la urna de la derecha estaba Jesús con la cruz a cuestas y Simón
Cirineo que le ayuda a llevar la santa cruz...

Como estoy diciendo..., los arcos que hoy están de ladrillo estaban
tapados con barro y dados de blanco...
También teníamos una imagen de la Virgen de los Dolores, nuestra
patrona, que estaba en la ermita y por la fiestas se la traía a la
iglesia... Sentada y con Jesús en brazos... Se hacía la procesión
por las calles del pueblo..., también salía San Isidro y el Niño
Jesús..., al que los mozos hacían una fiesta el día 17 de enero...,
en la cual todos tenían que estar en la misa y el que faltaba pagaba
una multa de la cuantía que fuere...
En las procesiones sacábamos La Cruz de plata..., el pendón y el
estandarte..., además de las imágenes que correspondiera...
Todas estas imágenes fueron quemadas durante la guerra...

Las
actuales son parecidas..., pero no son iguales...
Este pueblo..., que por entonces se llamaba Puebla de la mujer
muerta..., era muy religioso..., tanto que..., en plenas faenas de
verano todos los trabajos se paralizaban para asistir a la Santa Misa...
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El
pasado domingo fue bendecida la restaurada iglesia parroquial de la
Puebla
(20-02-2000)
El cardenal,
en la sierra
Qué cardenal,
el de Madrid?
—Bueno, ya es
sabido, pensarán más de cuatro. Mucha gente andariega y montañera
se ha encontrado con él, bien de mañana, por vericuetos de alta
cota, y sabe que, en cuanto encuentra un respiro en su apretada
agenda, el cardenal se escapa a la montaña...
Pero no. Hoy no es
eso. Hoy es que el cardenal Antonio María Rouco Varela ha pasado el
domingo, feliz, en la sierra norte, con sus sencillos, entrañables,
queridos diocesanos de La Puebla de la Sierra, que estaban de fiesta
porque estrenaban iglesia nueva.
La acaban de restaurar. La pareja de
cigüeñas montaba, bien cerca, guardia, que ya pasó San Blas, y por
San Blas la cigüeña verás... Aún es febrero, pero la primavera
estalla ya, irreprimible, en el aire límpido y
en las yemas de los árboles,
allá arriba en el puerto, a mil seiscientos y pico metros, sobre el
valle de Buitrago. Bajas las vueltas y revueltas del puerto y La
Puebla es, como dice su párroco, el padre Demetrio, una perla en
el hondón de la concha que forman las montañas que la rodean.
Voltean las campanas
que es una gloria cuando llega el cardenal. Allí están todos, pequeños
y mayores, el pueblo y las autoridades, los arquitectos, la gente de
fuera como si fuera de dentro. Trajes regionales y mantones de Manila,
la rondalla, y el legítimo orgullo en la sonrisa abierta:
- Esto ná tié
que ver con lo que había cuando vino la otra vez, ¿eh, señor
obispo?
La anciana de 90 años
no cabe en sí de gozo: su iglesia parroquial de la Purísima Concepción
de La Puebla de la Sierra, en la que fue bautizada, ¿quién la ha
visto y quién la ve?
El propio cardenal confiesa que si le enseñan
una foto y le dicen que es la que él vio a poco de ser nombrado
arzobispo de Madrid, no la reconocería...
El templo, que data
del siglo XVII, es pequeño, recogido y acogedor. Ha quedado precioso.
Ha recuperado su íntima belleza. La asamblea cristiana da gracias a
Dios con su pastor. Canta maravillosamente el Coro llegado de la
parroquia de San Antonio del Retiro, de Madrid. Madera y piedra, y en
la piedra, una bellísima vidriera. El Cristo, la Inmaculada, Patrona
de la parroquia. Columnas de ladrillo. Un atrio de ensueño para que
se reúna el concejo y jueguen los chavales cuando la nieve deja el
pueblo aterido y aislado. O para las chirriantes bandadas de
golondrinas, pronto...
Habla el cardenal: La
palabra de Cristo es como la palabra de antes en los pueblos; no es
primero sí y luego, no. Nosotros somos templos vivos de Dios.
Necesitamos que Él nos restaure el corazón y el alma. Cristo nos
perdona como al paralítico del evangelio, y nos sana y nos restaura.

En las ofrendas,
Silvia y Verónica, Luis y Tomasín y Oscar y Noelia y Estefanía
llevan al altar los frutos de la tierra y de su trabajo (donde está
el frontón estaban las eras para trillar el centeno y la cebada, que
hoy ya no hay). Hoy, la miel y el repollo, las flores y los juegos de
los niños... El cardenal hace la señal de la cruz en la frente de
pequeños y enfermos. Un anciano saca el moquero de cuadros de colores
y se seca una lágrima: demasiado fuertes los recuerdos.
El padre
Demetrio (tres agustinos atienden pastoralmente a seis pueblos de la
sierra norte) no deja de dar las gracias. Y el Vicario, don José
María Bravo Navalpotro está feliz. Y el alcalde, y todos. Han sido
treinta millones bien gastados, la mitad pagados por la Iglesia
diocesana, y el resto por la generosidad del propio pueblo y de la
Comunidad de Madrid. La Puebla tiene futuro.

- ¿Y cuántos
están censados y van a poder votar en las próximas elecciones?
- Huy, mire
usted, no llegamos a 80, los fines de semana. Los días de labor, ni
la mitad... pero hasta aquí no llegan los políticos. Con La Hiruela
somos los dos pueblos de Madrid con menos habitantes...
El cardenal Rouco
(ayer en Carabanchel, anteayer presidiendo la Permanente del
Episcopado, el día anterior con el cardenal Ratzinger en un Palacio
de Exposiciones y Congresos abarrotado) cercano a todos rige la
diócesis, y hace Iglesia, en el Palacio de la Zarzuela como en la
cárcel, y tararea las canciones gallegas con que el coro le obsequia.
La rondalla, a son de jota, canta: Alabado sea Dios/ y alabado sea
Cristo/ porque he venido a cantar/ delant'el señor obispo.
A la entrada de la
Iglesia/ hay una piedra redonda/ donde Cristo puso el pie/ para subir
a la Gloria.
Y, por si fuera poco, una de propina y allá va la despedida, que la
han ensayado mucho
Las
manos del cardenal/ debían de ser de plata/ porque reciben a Dios/
cuando de los cielos baja...
La más anciana del
pueblo baja poquito a poco la rampa, apoyada en sus muletas.
- Antes, sabe
usted, no había rampa. No podíamos subir los mayores a la iglesia...
Está radiante la
buena mujer.
El cardenal —se lo va diciendo uno por uno a todos los
del pueblo—, también...
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