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No os molestéis por mi carta..., pero la verdad es que no
entiendo por qué, precisamente..., en vuestro día..., las
diferencias se hacen tan claras y tan hirientes...
No entiendo por qué los niños que tienen los mejores regalos
son los que menos los necesitan...
Hay niños a los que traéis preciosas bicicletas...,
ordenadores..., muñecas que hablan..., coches
teledirigidos..., y otros se tienen que conformar con unos
calcetines..., o un cuaderno y unos bolis..., o una muñeca
de “todo a cien”...
Pues..., ¡no me parece justo!... ¡Dios no lo haría así!
Por otro lado..., todos están convencidos de que los niños
buenos son los que reciben los mejores regalos...
Entonces..., ¿quiénes son los niños buenos?...
Dios prefiere a los que más sufren..., a los que más trabajan
(si pueden)..., a los que comen menos..., a los que tienen
menos... Pero vosotros a éstos..., encima..., los
castigáis doble..., por echarles peores regalos y por dar
a entender que son niños peores...
Pues..., lo siento..., pero ya no os llamaré “queridos”...,
porque cuanto más lo pienso os quiero menos...
Hasta los reyes que hay por aquí son mejores que
vosotros... Así que..., para mí..., también dejáis de ser
“reyes”... No sé quienes serán vuestros súbditos..., pero
habría que compadecerlos...
¿No aprendisteis nada de aquel
Niño?... ¿De el Rey de Reyes?...
Os quedáis en magos...
Pero estoy pensando que ni eso...
Los magos eran hombres sabios que entendían el lenguaje de
las estrellas y el llanto de los niños..., y vosotros sólo
entendéis de grandes almacenes..., de carrozas..., de mantos de
armiño..., de cabalgatas..., y de aplausos...
Ni sois queridos..., ni sois reyes..., ni sois magos...
Bueno..., pues..., como no sois nada..., voy a romper la
carta..., porque... ¿para qué escribiros?
¿Reyes Magos?
Así..., no os quiero...
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