Venerados Hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas:
La Jornada Mundial de Oración por las vocaciones de cada
año ofrece una buena oportunidad para subrayar la
importancia de las vocaciones en la vida y en la misión de
la Iglesia, e intensificar la oración para que aumenten en
número y en calidad. Para la próxima Jornada propongo a la
atención de todo el pueblo de Dios este tema, nunca más
actual: la vocación al servicio de la Iglesia
comunión.
El año pasado, al comenzar un nuevo
ciclo de catequesis en las Audiencias generales de los
miércoles, dedicado a la relación entre Cristo y la
Iglesia, señalé que la primera comunidad cristiana se
constituyó, en su núcleo originario, cuando algunos
pescadores de Galilea, habiendo encontrado a Jesús, se
dejaron cautivar por su mirada, por su voz, y acogieron su
apremiante invitación: «Seguidme, os haré pescadores de
hombres» (Mc 1, 17; cf Mt 4, 19). En realidad, Dios
siempre ha escogido a algunas personas para colaborar de
manera más directa con Él en la realización de su plan de
salvación. En el Antiguo Testamento al comienzo llamó a
Abrahán para formar «un gran pueblo» (Gn 12, 2), y luego a
Moisés para liberar a Israel de la esclavitud de Egipto (cf
Ex 3, 10). Designó después a otros personajes,
especialmente los profetas, para defender y mantener viva
la alianza con su pueblo. En el Nuevo Testamento, Jesús,
el Mesías prometido, invitó personalmente a los Apóstoles
a estar con él (cf Mc 3, 14) y compartir su misión. En la
Última Cena, confiándoles el encargo de perpetuar el
memorial de su muerte y resurrección hasta su glorioso
retorno al final de los tiempos, dirigió por ellos al
Padre esta ardiente invocación: «Les he dado a conocer
quién eres, y continuaré dándote a conocer, para que el
amor con que me amaste pueda estar también en ellos, y yo
mismo esté con ellos» (Jn 17, 26). La misión de la Iglesia
se funda por tanto en una íntima y fiel comunión con Dios.
La Constitución Lumen gentium
del Concilio Vaticano II describe la Iglesia como «un
pueblo reunido por la unidad del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo» (n. 4), en el cual se refleja el misterio
mismo de Dios. Esto comporta que en él se refleja el amor
trinitario y, gracias a la obra del Espíritu Santo, todos
sus miembros forman «un solo cuerpo y un solo espíritu» en
Cristo. Sobre todo cuando se congrega para la Eucaristía
ese pueblo, orgánicamente estructurado bajo la guía de sus
Pastores, vive el misterio de la comunión con Dios y con
los hermanos. La Eucaristía es el manantial de aquella
unidad eclesial por la que Jesús oró en la vigilia de su
pasión: «Padre… que también ellos estén unidos a nosotros;
de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado»
(Jn 17, 21). Esa intensa comunión favorece el
florecimiento de generosas vocaciones para el servicio de
la Iglesia: el corazón del creyente, lleno de amor divino,
se ve empujado a dedicarse totalmente a la causa del
Reino. Para promover vocaciones es por tanto importante
una pastoral atenta al misterio de la Iglesia-comunión,
porque quien vive en una comunidad eclesial concorde,
corresponsable, atenta, aprende ciertamente con más
facilidad a discernir la llamada del Señor. El cuidado de
las vocaciones, exige por tanto una constante «educación»
para escuchar la voz de Dios, como hizo Elí que ayudó al
joven Samuel a captar lo que Dios le pedía y a realizarlo
con prontitud (cf 1 Sam 3, 9). La escucha dócil y fiel
sólo puede darse en un clima de íntima comunión con Dios.
Que se realiza ante todo en la oración. Según el explícito
mandato del Señor, hemos de implorar el don de la vocación
en primer lugar rezando incansablemente y juntos al «dueño
de la mies». La invitación está en plural: «Rogad por
tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt
9, 38). Esta invitación del Señor se corresponde
plenamente con el estilo del «Padrenuestro» (Mt 6, 9),
oración que Él nos enseñó y que constituye una «síntesis
del todo el Evangelio», según la conocida expresión de
Tertuliano (cf De Oratione, 1, 6: CCL 1, 258). En esta
perspectiva es iluminadora también otra expresión de
Jesús: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la
tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre
celestial» (Mt 18, 19). El buen Pastor nos invita pues a
rezar al Padre celestial, a rezar unidos y con
insistencia, para que Él envíe vocaciones al servició de
la Iglesia-comunión.
Recogiendo la experiencia pastoral de
siglos pasados, el Concilio Vaticano II puso de manifiesto
la importancia de educar a los futuros presbíteros en una
auténtica comunión eclesial. Leemos a este propósito en
Presbyterorum ordinis: «Los presbíteros, ejerciendo según
su parte de autoridad el oficio de Cristo Cabeza y Pastor,
reúnen, en nombre del obispo, a la familia de Dios, como
una fraternidad unánime, y la conducen a Dios Padre por
medio de Cristo en el Espíritu Santo» (n. 6). Se hace eco
de la afirmación del Concilio, la Exhortación apostólica
post-sinodal Pastores dabo vobis, subrayando que el
sacerdote «es servidor de la Iglesia comunión porque
-unido al Obispo y en estrecha relación con el
presbiterio- construye la unidad de la comunidad eclesial
en la armonía de las diversas vocaciones, carismas y
servicios» (n. 16). Es indispensable que en el pueblo
cristiano todo ministerio y carisma esté orientado hacia
la plena comunión, y el obispo y los presbíteros han de
favorecerla en armonía con toda otra vocación y servicio
eclesial. Incluso la vida consagrada, por ejemplo, en su
proprium está al servicio de esta comunión, como señala la
Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata de mi
venerado Predecesor Juan Pablo II: «La vida consagrada
posee ciertamente el mérito de haber contribuido
eficazmente a mantener viva en la Iglesia la exigencia de
la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la
constante promoción del amor fraterno en la forma de vida
común, la vida consagrada pone de manifiesto que la
participación en la comunión trinitaria puede transformar
las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de
solidaridad» (n. 41).
En el centro de toda comunidad
cristiana está la Eucaristía, fuente y culmen de la vida
de la Iglesia. Quien se pone al servicio del Evangelio, si
vive de la Eucaristía, avanza en el amor a Dios y al
prójimo y contribuye así a construir la Iglesia como
comunión. Cabe afirmar que «el amor eucarístico» motiva y
fundamenta la actividad vocacional de toda la Iglesia,
porque como he escrito en la Encíclica Deus caritas est,
las vocaciones al sacerdocio y a los otros ministerios y
servicios florecen dentro del pueblo de Dios allí donde
hay hombres en los cuales Cristo se vislumbra a través de
su Palabra, en los sacramentos y especialmente en la
Eucaristía. Y eso porque «en la liturgia de la Iglesia, en
su oración, en la comunidad viva de los creyentes,
experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y,
de este modo, aprendemos también a reconocerla en nuestra
vida cotidiana. Él nos ha amado primero y sigue amándonos
primero; por eso, nosotros podemos corresponder también
con el amor» (n. 17).
Nos dirigimos, finalmente, a María, que
animó la primera comunidad en la que «todos perseveraban
unánimes en la oración» (cf Hch 1, 14) para que ayude a la
Iglesia a ser en el mundo de hoy icono de la Trinidad,
signo elocuente del amor divino a todos los hombres. La
Virgen, que respondió con prontitud a la llamada del Padre
diciendo: «Aquí está la esclava del Señor» (Lc 1, 38),
interceda para que no falten en el pueblo cristiano
servidores de la alegría divina: sacerdotes que, en
comunión con sus Obispos, anuncien fielmente el Evangelio
y celebren los sacramentos, cuidando al pueblo de Dios, y
estén dispuestos a evangelizar a toda la humanidad. Que
ella consiga que también en nuestro tiempo aumente el
número de las personas consagradas, que vayan
contracorriente, viviendo los consejos evangélicos de
pobreza, castidad y obediencia, y den testimonio profético
de Cristo y de su mensaje liberador de salvación. Queridos
hermanos y hermanas a los que el Señor llama a vocaciones
particulares en la Iglesia, quiero encomendaros de manera
especial a María, para que ella que comprendió mejor que
nadie el sentido de las palabras de Jesús: «Mi madre y mis
hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la
ponen en práctica» (Lc 8, 21), os enseñe a escuchar a su
divino Hijo. Que os ayude a decir con la vida: «Aquí
estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Heb 10, 7). Con
estos deseos para cada uno, mi recuerdo especial en la
oración y mi bendición de corazón para todos.
Vaticano, 10 febrero 2007

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