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En las calles de nuestras grandes ciudades ya no hay
piedras..., pero..., algunos..., las guardan en su
corazón...
Porque..., ¡cuantas veces somos como proyectiles de
incomprensión..., de crítica cruel..., de condena
inmisericorde..., de absurdos prejuicios..., de esa
intolerancia que margina..., y mata a los demás!...
No dejemos que las piedras se adueñen de nuestro
corazón..., como armas arrojadizas..., que siempre
encuentran algo que reprochar..., algo de que culpar...,
alguien al que ajusticiar... Y..., en nombre de una
"justicia"..., que..., no es la de Dios...
Que nuestra mirada no haga daño..., que nuestro rostro no
sea frío y duro... Que nuestras palabras nunca siembren
odio..., incomprensión..., más sufrimiento...
¿No hace eso más daño que una piedra?...
Camina por la senda de la misericordia y del perdón...
¡Es tiempo de cambiar..., de cambiarnos!...
Y la piedra que encuentres transfórmala en rosa para los
demás..., cámbiala en vida regalada..., en dulce
caramelo..., en souvenir de confianza..., en elixir de
felicidad...
Es posible que no puedas..., pues..., si es así..., que
esa piedra se quede en tu bolsillo para que nunca te
olvides de esperar..., para que siempre des otra
oportunidad..., para que aprendas a mirar más allá de los
ojos...
No dejes que nadie tenga que arrodillarse ante ti..., que
nadie clave su mirada temblorosa en ti...
¿No hizo lo mismo Jesús con aquella mujer?...
Otra oportunidad..., y otra..., tantas como las que
Dios te ofrece a ti cada día...
Él ha quitado las piedras de nuestras calles para que no
sean posibles los juicios severos..., las leyes que
deshumanizan..., el ojo por ojo y diente por diente...,
como lo que vio Jesús mientras escribía con el dedo en el
suelo... Para que nos lancemos a dar vida como aquel día
Él lo hizo...
Puedes estar seguro que..., además de Jesús..., ha habido
alguien que nunca volvió a condenar: aquella mujer...
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