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Todos
recordamos el relato... Los apóstoles (y “apóstolas”...,
seguro)..., estaban algo desanimados (osea..., sin
ánima)...
Algunos esperaban... Algunas..., ya tenían la certeza de
que algo iba a cambiar... Y..., ¡vaya si cambió!...
Algo les hizo botar del asiento..., y salir a la calle...,
y dejar de lamentarse para siempre por la pérdida...
Ya nunca se sintieron huérfanos..., o solos..., o sin
ánimo..., sin espíritu...
Fue mucho más que una determinación de no olvidar al
amigo..., de no traicionar su esperanza..., de no
abandonar lo que habían experimentado recorriendo los
caminos y las aldeas con él...
Seguro que en el fondo de sus almas habían pensado muchas
veces: “¡no puede ser!..., esto no puede acabar así”...,
pero fue mucho más que la voluntad firme y contumaz de
mantener un recuerdo vivo...
El Viviente estaba con ellos... Jesús..., el Señor..., en
medio..., les regalaba de nuevo su fuerza..., su
sentido..., su presencia... Todo lo suyo... Su Espíritu...
Y era un regalo sin retorno... Un vez derramado ya nada
podía ser lo mismo... Tenían que comunicar en mil
lenguas..., y de mil maneras distintas..., que el
Amigo..., el Señor..., Jesús..., se quedaba con ellos para
siempre...
Con todos...
Que existía la posibilidad de vivir de otra manera..., con
una alegría incontenible por ser felices..., y hacer
felices a los demás... Por dar gratis..., lo que gratis
habían recibido...
Estaba en ellos..., se había derramado en sus
corazones..., y los había hecho nacer de nuevo... La nueva
creación..., nuevas criaturas...
Una nueva oportunidad de mejorar las cosas... De vivir de
otra manera..., des-vividos de sí..., y con-vividos para
el otro..., como vivió Jesús...
Tal giro en sus vidas debió oírse a kilómetros..., como un
viento fuerte que sacude las ventanas... Mucho más
fuerte...
Pues..., Feliz Pentecostés...
Que el Espíritu de Jesús..., renueve todas las cosas..., y
nos dé su paz...
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