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“Dinos…, José…, ¿cuándo
conociste a María?...
¿Quizás una mañana de primavera…, mientras volvía de la
fuente del pueblo, con el cántaro sobre su cabeza y la
mano en la cintura?
¿O quizás un sábado…, mientras conversaba con el resto de
muchachas de Nazaret, debajo del arco de la sinagoga?
¿Cuándo te ha devuelto la sonrisa y te ha tocado la cabeza
con la primera caricia, que quizás era su primera
bendición…, y tú no lo sabías?
¡Quién te hubiera dicho que aquella noche iba a ser
diferente del resto de las noches!...
Te habías acercado..., como tantas otras veces al caer la
tarde..., hasta su ventanuco... Ella te esperaba
impaciente...
Nada más llegar..., apenas sin saludarte..., te cogió de
la mano y..., con el corazón en un puño..., bajo las
estrellas de la promesa..., te confió un gran secreto...
Sólo tú..., bueno y justo (y algo soñador)..., podías
entenderla...
Te habló de Yahvé... De un ángel del Señor... De un
misterio oculto desde siglos y ahora escondido en su
seno... De un proyecto más grande que el universo
entero..., y más alto que el firmamento...
Después te dijo que tenías que dejarla..., salir de su
vida...
Todo era demasiado extraño..., difícil de creer..., una
locura en la que tú no tenías nada que ver...
Fue entonces cuando..., por vez primera..., la abrazaste
contra tu pecho y..., temblando..., le susurraste:
“María..., por ti renuncio a mis planes... Quiero
compartir los tuyos..., los de nuestro Dios... Juntos
saldremos adelante”...
Ella te respondió con un sí tembloroso..., pero confiado...
Tú acariciaste su seno lleno de Vida: era tu primera
bendición sobre la Iglesia naciente”...
QUERIDO SAN JOSÉ: Enséñanos a amar a Jesús..., y a
María..., como tú los amaste...
A saber escuchar la Palabra que habla al corazón..., y
hacerla vida...
A amar sin reclamar nada..., a confiar siempre en Dios...
Y..., enséñanos..., también..., a ser humildes..., como
tú..., José..., hermano...
Y a hacer las cosas bien..., calladamente..., y saber dar
un paso atrás..., no buscando el aplauso ni el
protagonismo...,
sino la gloria de nuestro Padre Dios...
Padre Nuestro..., que quisiste que tu Hijo Jesús...,
naciera y creciera bajo la protección de San José...
Te pedimos por nuestros padres…, que nos transmitieron su
fe…, con el ejemplo de su vida…
Te pedimos por nosotros..., padres hoy…, responsables de
la educación en la fe de nuestros hijos…
Ayúdanos en esta tarea de evangelizar nuestra familia con
el ejemplo…
Te pedimos..., también…, envíes obreros a tu mies...,
hombres de fe..., como San José..., que puedan llevar a
buen término la obra de la Evangelización en el mundo…
Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén
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