|
Impresiona pensar que
alguien dependa tanto de ti..., que..., su vida..., esté
en tus manos... ¿Verdad?...
Tu hijo recién nacido..., tan
frágil..., o tus padres..., ya ancianos..., que necesitan
de tu cariño..., ayuda..., comprensión...
Impresiona aún más pensar..., que Dios pueda estar en
nuestras manos...
Lo estuvo en el seno de una joven nazarena..., María...
Lo estuvo en Belén..., cuando pasaba de los brazos de
María a los de José...
Lo estuvo en Egipto..., cuando..., como emigrante...,
pidió hospitalidad..., y otra familia le acogió bajo su
techo..., al Dios pequeño..., al Dios niño..., que todos
llamaban..., simplemente..., Jesús...
Lo estuvo en Nazaret..., bajo la mirada vigilante de
José..., y de los abuelos..., para que no se acercase
demasiado al pequeño barranco de la aldea...
O cuando las multitudes le siguieron..., le amaron..., u
odiaron... Cuando cogieron piedras para matarlo..., o
cuando lo recibieron en triunfo al entrar en Jerusalén...,
un hermoso día de primavera..., “el primer Domingo de
Ramos”...
Y estuvo en nuestras manos el primer Viernes Santo... Los
miembros del Sanedrín..., los siervos..., soldados...,
gobernantes..., tocaron..., escupieron..., abofetearon...,
azotaron..., a un Jesús indefenso..., a un inocente que no
gritaba..., que no protestaba..., ante una condena
despiadada e injusta...
Tendido en un tronco..., unas manos le taladraron..., con
prisa..., sus manos...
Y al final..., como al principio..., las manos de su Madre
(y nuestra Madre)..., acogieron el cuerpo..., ahora
muerto..., de Jesús...
Algunas mujeres buenas lo embalsamaron con sus manos...,
y..., con otros amigos..., le dieron sepultura..., como un
gesto de amor con quien nos amó hasta dar la vida..., con
quien quiso estar “en nuestras manos”...
Pues..., nuestro Dios sigue estando en nuestras manos...
Lo puedes tocar en el enfermo..., en el preso..., en el
hambriento..., en el inocente injustamente perseguido...
Lo puedes amar cuando de verdad..., amas incluso a tu
enemigo...
En nuestras manos...
Bueno..., lo más seguro es que...,
algún día..., descubramos..., que el Dios que estuvo en
nuestras manos..., era el Dios que nos llevaba..., como a
un hijo en su regazo..., por las mil aventuras de la
vida...
Y..., al cruzar la frontera..., cuando por fin le veamos
cara a cara..., sin misterios..., nuestra alegría será
despertarnos entre sus brazos maternos..., mientras
nos susurra al corazón: “gracias..., gracias..., por
haberme amado en mis pequeños hermanos.... Gracias por
haber saciado mi sed de amor..., y de esperanza... Por
amaros como Yo os he amado... Pasa al banquete de tu
Señor”...
|