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La
tentación del hombre a "instalarse"..., es antigua...
También..., hoy..., podemos caer en la tentación de cerrar
los ojos y los oídos..., a toda llamada que nos haga
"salir" de nuestro bienestar..., a toda llamada que nos
comprometa en la construcción de una tierra nueva..., más
humana..., más justa..., más de todos..., más cristiana...
Creo en Dios..., voy a misa..., no hago mal a nadie...
Pero..., VIVIR LA FE..., supone algo más que la aceptación
de unas verdades..., o la práctica de unos cultos... En
otras palabras..., CREER EN DIOS..., es algo más...,
implica aceptar el desafío de tomar decisiones..., adoptar
posturas..., el riesgo de apostar la vida por Él...
Y Dios le pide a Abraham..., ya sabes: “Sal de tu tierra y
de la casa de tu padre”..., lo mismo que pide Jesús a
Pedro, Santiago y Juan..., lo mismo que nos pide a
nosotros en el Evangelio de hoy...
Ante la espléndida visión de Jesús transfigurado...,
Pedro..., (”cualquiera lo diría”...), quiere
"instalarse"..., quedarse allí para siempre..., olvidarse
del mundo que sigue al pie del monte..., y que espera con
impaciencia el paso del Señor...
Pero..., es necesario bajar del monte..., y aterrizar...,
es necesario enfrentarse valientemente al reto de la
propia vocación..., de la llamada de Dios..., que sigue
pidiendo el éxodo a sus discípulos..., como condición para
encontrarse con El...
Vivimos el Segundo Domingo de Cuaresma..., un paso más a
los días en los que..., de la manera más expresiva que
podamos imaginar..., asistiremos a la demostración
palpable del riesgo que supone la fe..., al riesgo que
supone escuchar la llamada de Dios..., y salir de la
propia tierra..., de la “cómoda instalación”..., para
cumplir su voluntad..., para lanzarse a la búsqueda de una
tierra nueva...
No es fácil asumir ese riesgo... Por eso necesitamos
prepararnos..., conscientes de nuestra pequeñez..., y
colgados de la mano de Jesús... |